sábado, abril 25, 2015

Diario naranjo 1

10 de abril

No sé si sean las cosas como son, pero podemos hablar entre nosotros como hablamos cuando estamos solos frente al espejo. Con lo bueno y malo que tiene eso. Los riesgos de la sinceridad y del que no filtra las palabras.
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Hablamos sobre la primera vez que tiramos. No te acordabas de detalles, pero querías acordarte. Y yo me acuerdo de cosas y, quizás, mezclé cosas, recuerdos de segundas veces, de terceras veces, de cuartas veces, y te las presenté como si fueran parte de la primera. Interpretación de recuerdos, pienso. Armar una historia en base a nuestras historias.
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Estamos armando nuestra relación. Por partes. Vamos lento. Tomando vuelo de a poco. Antes, cuando caminábamos juntos, decías que te llevaba de la mano como los papás a las niñas chicas. Que te llevaba volando. Lo repetías siempre. Y después entendí que querías decirme que lo nuestro iba rápido y que sentías que te llevaba de la mano: yo caminando, tú corriendo.

12 de abril

Busquemos un escondite
Copia de llaves Nissan March. Año 2012. 9326850. 25566490. CONTACTO@LLAVE.CL
Las cosas no andan bien: tienes problemas. Uno y otro. Llegan todos juntos. Se te perdieron las llaves del auto. Te cobran caro por arreglarlo. Tu papá está mal (ves vídeos de padres con sus hijas y lloras). La revista tuvo un error de impresión. Te llamaron la atención en tu trabajo alternativo. Te dijeron que se quieren juntar contigo. Y yo ahí, con mi número de espera en la mano.
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Hablemos de las facilidades que tienen nuestros sentimientos para cambiar de intensidad (¿o de frecuencia?) día a día. Esta semana estuvimos tres días bien. Uno de ellos te quedaste a dormir conmigo. Otro me quedé en tu casa. Hoy la cosa estuvo extraña ¡y justo hoy amaneció nublado!
Razones para ganar plata: viajar en aviones. Horas, días en aviones. Los viajes son aviones.
Tengo una foto futura donde estamos tú y yo en un avión. Y el avión empieza a meter ruido y tus ojos inmensos se hacen más inmensos.
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Hagamos teorías: teoría sobre cómo debemos hablar cuando tenemos un problema. Teorías de las veces al mes que preferimos no vernos. Teorías de los segundos que pienso en ti. Teorías.
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Los almuerzos en restoranes. El cine. Andar en avión. Eso es la plata. El estudio.
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“¿Te cuento por qué estoy deprimida?”
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Celos y no hablar. Celos por cosas que no pretendo. Celos que dan con cosas que sabes.
Nuestros problemas parten como los terremotos: subterráneos, inciertos. Y se vuelven rápidamente en ruidosos y dolorosos. Sin saber qué nos pueden hacer. No sabemos si es un terremoto o un gigante de otro planeta que puso un pie sobre La Tierra.

16 de abril

Hoy me levanté una hora más temprano y fue por ti. Por ayudarte o sentir que te ayudaba. Me levanté antes. Sentí que hice algo. Que por ti puedo hacer algo. Que me puedo levantar antes. Que hago cosas por ti. No sé si lo sientes. No sé si me interesa que lo sepas. Siento que necesito hacer cosas por ti. Levantarme más temprano es algo importante, para mí.

17 de abril

¡Eres tan ambigua!
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Hoy he tenido problemas de conexión en el teléfono. Y contigo también.
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Anoche salimos con tu amigo gringo y me dijiste que me comportara. Lo dijiste así, tal cual, en el semáforo de Pedro de Valdivia con Providencia: “te tienes que comportar, porque dije que eras mi amigo”. Y me miraste seriamente cuando lo decías. Y después seguiste manejando. Ahora buscabas una bomba donde echar bencina. 
Y le pegó una patada en los cocos.

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Son las siete de la mañana y el sol ya salió hace rato. Están caminando por el centro de Santiago, solos. Es domingo y estuvieron toda la noche anterior tomando ron barato, que es el que les alcanza con su presupuesto de estudiantes universitarios de primer año. Hay rayos de luz pero igual hace frío. Él se aprovecha de esto y la abraza aludiendo a que juntos, abrazados, combatirán el frío. Ella no reclama, pero él dice, supone, que sabe realmente lo acepta por el frío y no por otra cosa.



Caminan desde Rondizzoni y llegan hasta la Alameda. Pasan miedo al caminar al lado de dos borrachos jóvenes que se ríen entre ellos. Él tiene que demostrar cierto poderío animal y defenderla, si se diera el caso. Él la siente segura y tranquila. Chora, piensa. Él tiene miedo porque no sabe de pelear, nunca ha peleado con nadie. Ella sí ha peleado, incluso ha buscado peleas. Él después se enteraría que incluso no le tiene miedo a pelear con hombres. O a incitar a los hombres a pelear con ella. Y, también, entendería que de todos los hombres que ella ha toreado ninguno ha aceptado pelear con ella. Quizás porque ella es bonita, muy bonita, más que por una cuestión de respeto al género.
Desde hace cinco años las ventas no iban bien. Editorial Lodge fue una de las más importantes durante los ochentas y noventas, pero decayó drásticamente en los dosmil. David Guelbenzu era el hombre detrás de la marca, hombre con innumerables aciertos literarios, los que variaban desde los clásicos de siempre, hasta obras de ciencia ficción que ningún otro editor se hubiera atrevido a publicar. Decenas fueron los premios a la edición. Millones de dólares en ganancias. Miles de ediciones. Centenares de autores. Pero el negocio ya no iba bien. Los lectores habían cambiado el típico formato de papel para pasar al formato digital, o simplemente para dejar de leer y ocupar su tiempo libre en otras cosas. David estaba de muerte. Las cenas con personas desconocidas y que lo alababan ya no existían. Se habían cambiado por comidas austeras en donde el tema de conversación era la muerte del formato libro a manos de las nuevas tecnologías.
En una de estas comidas, en el Palacio de las Artes, se acercó Milán Roth quien se presentó como un fanático de lo logrado por Guelbenzu. “Es un honor compartir con usted, a pesar que todas las cosas que he escrito se las he enviado, y nunca me ha publicado”.  

Eleuteria Razis

Lo primero es hablar sobre Eleuteria Razis, que a pesar de su horrible nombre tenía una virtud incorruptible: era ferozmente bella si era vista desde ciertos ángulos. Esto lo supimos después de revisar cientos y cientos de fotos, buscando algún tipo de cualidad a esta mujer. De un momento a otro, encontramos (todos los que nos incorporamos esta senda: 3 hombres y 4 mujeres, amigas de Eleuteria) que el 92% de sus fotografías estaban dirigidas hacia su perfil izquierdo. Perfil que ella misma había considerado “su mejor perfil”, después de pasar horas contra el espejo simulando una sesión de fotografía estilo estrellas de Hollywood. Afortunadamente, dentro de la búsqueda salió una imagen que estaba tomada desde abajo y apuntaba directamente hacia su cara. Quizás era por la luz exacta, o por el fondo que acusaba un departamento, quizás una casa, en la playa. La playa, es decir: el mar, el arena, las toallas no se veían, pero simplemente por los colores, por el color de la madera se entendía que la foto fue tomada en algún lugar de la costa. Probablemente en Tongoy (o en Los Vilos).
Después de este acontecimiento, las 7 personas a cargo de encontrar algún atributo a Eleuteria Razis, miraron con notable sincronía a la aludida y encontraron el nivel de belleza que ella poseía. Desde ahí la situación de amistad entre estas los 8 fue distinta. Es indudable que un cambio en la visión de uno de los personajes de esta forma involucra una serie de cambios. De partida, nadie más volvió a mirar a Eleuteria con los mismos ojos, de hecho ahora a casi nadie le caía mal el nombre Eleuteria. Nombre, dicho sea de paso, único en nuestro país, irrepetible afortunadamente, y del que nadie se hace responsable. La madre dice que el padre fue quien insistió en bautizarla así. Y el padre le echa la culpa al encargado del registro civil, el que en un arrebato de locura inscribió aquel nombre en vez de Emilia. La tesis del papá de Eleuteria postula que dicho error se debe a la negativa del agente del estado encargado de escribir el nombre Emilia en libro oficial del registro civil. Esto, por una ruptura amorosa ocurrida dos años antes, la que había dejado a este hombre (se presume que de nombre Damián) obstruido de siquiera mencionar el nombre elegido por la familia Razis.

Enhebrar el hilo por la aguja exacta

La idea es generar algo, Marcia, por Dios.

Eso es lo que intento, pero no puedo. El otro día salí tres veces a la calle, a las 8, a las 12 y a las 3 de la tarde, desnuda, pero por más que quise, nadie me dirigió la palabra. Nadie me preguntó nada. Ni los perros me miraban.

Hay que tomar un giro radical con este asunto. Desde mañana saldrás con un tomate en la boca. Lo morderás hasta el punto en donde aguante sin reventarse. Y llevarás las manos atadas por las muñecas, desde atrás, con una cinta de cuero negra.

Las cosas desde hace once meses no eran normales. No vamos a decir que algo iba necesariamente mal, simplemente no eran lo que conocemos como “comunes y corrientes”. Aldo tenía sodomizada a Marcia a tal nivel que un común juego erótico de pareja, llegó a formar parte de la constante realidad. Y en esto no habría problema, si no fuera porque ambos comenzaron a sentir, progresivamente, odio en contra de todos aquellos que encontraban que sus actitudes iban en contra de la racionalidad. El último día en la vida de ambos, fue el día en que estaban leyendo revistas Vea (antiguas, muy antiguas. De 1990, digamos), mientras hacían huevos fritos, los que una vez listos dejaban caer con una inquietante suavidad y dedicación sobre sus cabezas (para tranquilidad del lector, estos huevos no estaban hirviendo, sino que en un nivel de calor alto, pero soportable para cualquier parte del cuerpo).

Creo que dije que esto era un juego erótico. Hay que dejar en claro que esto partió así, como erotismo puro. Surreal, por veces. Pero llegó al nivel que ya se dieron cuenta.

Mientras leían Vea y desparramaban huevo frito por su casa, Aldo pensaba en cómo lograr que los árboles dejaran de ser árboles, que los basureros dejaran de ser basureros, que los relojes dejaran de marcar horas y segundos, y así. Que cada cosa, como la conocemos, ocupara un espacio y circunstancia ajena. Así se sentiría pleno. Se sentirían plenos, satisfechos. ¿Quizás? ¿Quién sabe? Sólo soy un narrador. Y los narradores no son Dios (o el concepto que se tiene de Dios).

Aldo es rubio. Tiene 27, pero parece de 21. Delgado. Se dejó barba hace seis meses, pero le ha salido –con suerte- un par de pelos en el mentón. Usa un sombrero verde Irlanda, pequeño, con una cinta café en la copa. Dedos muy largos. Ojos claros, celestes casi transparentes. A Marcia le pareció familiar su rostro hace tres años, cuando lo vio por primera vez, en una convención de fanáticos de Rudimel Santos (el que cumplía por ese entonces diez años de muerto). No sabía de dónde. Le gustó Aldo, aunque no se lo dijo a nadie. Incluso ella misma lo olvidó. Por un tiempo, un tiempo corto.

Y sólo hace una semana supo que ese rostro le pareció familiar al de Rimbaud, en la clásica foto de Rimbaud que todos conocemos.

A Aldo, en cambio, Marcia le pareció gorda y tonta. Lo de gorda es discutible, pues yo encuentro que Marcia está bien. No es flaca -sin duda- pero gorda, ¡gorda! no es. Y lo de tonta a Aldo le entró por la forma de la nariz. Según él, la nariz aguileña (sobretodo en la mujer) indiscutiblemente tiene relación con ineficiencia e indecisión, lo que para Aldo es sinónimo automático de tontería.

Escribir Crimen y Castigo

Desde hace un tiempo tengo en la cabeza que transcribiendo textos puedes tomar la esencia de quien lo escribió originalmente. Es por esto que hace algún tiempo tomé Crimen y Castigo y me atreví a traspasarlo por completo a un cuaderno Torre de tapa verde. Lo hice con tres lápices Bic negros (punta fina). En realidad hubiese ocupado dos, pero uno se me perdió.
Creo que definitivamente no tomé las cualidades de Dostoievsky al escribir su novela, pero creo que de algo me sirvió. No sé, es interesante contar que, de cierta forma, también escribiste Crimen y Castigo. No es muy normal que alguien lo haya hecho antes.
No sé por qué, pero recordé las veces en que en el colegio me obligaban a hacer “copias”. Así las denominaban. Era tomar textos y transcribirlos en cuadernos con líneas o cuadros especiales los que, se supone, iban a corregir tu caligrafía (cosa que en mi caso nunca resultó, pues tengo una letra horrenda, la que muchas veces ni siquiera yo puedo descifrar fácilmente). Una vez hablé respecto a este tema con una profesora de infancia. La profesora Dortty, a la que le cargaba que le llamaran Dorotty, como lo hacía mi abuela. Y se quejaba de que a los niños de ahora no los obligan a hacer copias, y por eso era la pésima ortografía que tenían. Y ahí me explicó que además de intentar mejorar la forma de la letra, lo que se buscaba era mejorar la ortografía, con la lógica de leer y aprender de memoria lo que escribes y cómo se escribe. Ahí todo me pareció un poco más razonable, y supe que las horas que pasé haciendo copias no fueron tan en vano. O sea, creo que tan mala ortografía no tengo.
Escribir Crimen y Castigo en un cuaderno (tres cuadernos completos, por lado y lado de cada hoja), creo que habla de varias cosas sobre mi persona: Primero: tuve mucho tiempo para realizarlo. Pasé prácticamente dos semanas, días y noche, realizando esta labor. Segundo: me gusta Dostoievsky. Tercero: me gustaría ser como Dostoievsky.
Lo último es absolutamente falso, puesto que ninguna persona debería querer ser como Dostoievsky. Esto lo digo no por su literatura (maravillosa, claro está) sino que por su vida. Triste, penosa. Pero no en el sentido poético que eso podría parecer, sino que una vida ligada a los excesos en los juegos de apuestas, en las malas obras con personas cercanas como amigos o familiares, con los que no tuvo piedad al momento de traicionar y estafar.
Pero este texto no habla de Dostoievsky.
Este texto habla de un tipo que tiene intenciones serias de ser escritor, y que para eso creyó que era una buena idea escribir un libro completo de Dostoievsky. Transcribirlo, en realidad. Y que no le resultó. Quisiera aclarar que esta es una historia real, y que esto pasó en el siglo XXI, en donde todo el mundo tiene acceso a internet y tiene posibilidades de establecer relaciones con otros seres humanos con simplemente prender un computador.
Este es el cuento de un asesinato y un conserje

- ¿Has escuchado una sierra en este rato?

- No. ¿Una sierra?

Era el conserje nuevo. Chico, no más de un metro sesenta. Gordo. Obeso, casi.

Lo pillé en el piso 8 y se bajó en el piso 5. Yo iba a comprar una cocacola.

Los edificios de Santiago Providencia

Pensar que las calles están hechas de cemento, de asfalto
que las calles, la avenidas tienen los edificios enormes
que tocan el cielo y se doblan en sus puntas

y no sabemos por qué
por qué debemos
porque hacemos lo que hacemos y cómo la hacemos

pensamos, por ejemplo
qué tontos éramos hace algunos años
cuando hacíamos todo mal

y ahora porque estamos en el presente
el presente que ya no es
suponemos que estamos bien

y no sabemos que quizás
en realidad
o, mejor, dicho, no sabemos que

lo que hacemos hoy está mal necesariamente
para que en el futuro creamos que estamos bien.

Fabiana

Esta historia la escribe un tipo que tiene serias intenciones de suicidarse. La escribe en un computador antiguo, de una marca italiana de muy mala calidad. El hombre no está desesperado. Este hombre tiene 47 años, es bajo (un metro sesentaiocho) y tiene los ojos hundidos desde hace un mes. Este hombre, de nombre Juan José Carlos, tiene problemas. Quizás muchos problemas. Pero, quizás, el mayor sea que no tiene noción que éstos son normales. O que por lo menos, todo el mundo los tiene. Su mayor problema (por lo que se quiere suicidar) es porque la novela que tiene en su cabeza no logra ser desarrollada en su computador. Lo máximo que ha llegado a escribir son setenta y seis páginas (formato Word, doble espacio, letra Times New Roman tamaño 12). Le gustaban. Le gustó el ritmo y las voces que salían de esas páginas. Pero, de un día para otro, no pudo añadir más páginas, y en un arrebato borró todo y quedo con su temida página en blanco y sin ningún respaldo al que pedirle ayuda. 

Juan José Carlos tenía una novia a la cual le decía “Pichoncito”. Estiraba la boca cada vez que lo pronunciaba. Pichoncito. Ella era mucho más guapa que él. Pero ella no hablaba. Una vez le dijeron que parecía un maniquí, que lo único que hacía era asentir y que no tenía ni la menor opinión respecto a ningún tema. Juan José Carlos encontró que tenían la razón. Desde aquella vez nunca más le dijo Pichoncito, ahora se refería a ella como Fabiana, de forma seca. 

Dos meses después de eso terminaron.

Playa

Deja ya eso de tirar arena a la cara. Con grados sobre los 30 la transpiración sólo logra hacer una pasta que adhiere al cuerpo de forma molesta y casi permanente. Deja ya, por favor, es molesto. ¿Cuántos granos de arena existen en esta playa? Dame un número. Cincomilmillones de trillones. En esta playa no hay nadie más. Esto no es una metáfora. Porque no me caen bien las metáforas. Ahora no, por lo menos. Esto es un cuadro plástico en donde no hay personajes. Solo hay un cielo azul, rayado por nubes delgadas y casi transparentes. Como marcas de un tigre, con esa forma. El mar, seguramente el Pacífico. El océano tranquilo con olas de mediana altura. Y con arena amarilla, casi blanca. Muy fina en donde algunos rastros de pisadas existen. Pisadas que podrían no serlo. O por lo menos no pisadas humanas, sino que marcas del viento o de alguna subida de marea nocturna.



Querido Max,



Hace dos semanas que no puedo dejar de escuchar Heavy Metal. Sé que es una locura.

Como cuando íbamos en el colegio, ¿te acuerdas? Cuando nos conocimos, en séptimo

básico. Creíamos que seríamos estrellas de rock e hicimos esa puta banda que le

pusimos “Don Max”, el peor nombre que jamás en la vida podría tener una banda. “Don

Max”, como tú y tu padre. Lo recuerdo mucho. Recuerdo cuando en el viaje que hicimos

en octavo básico al Cajón del Maipo dejó a todos atrás y se perdió durante horas.

Después supimos que se quiso ir a fumar un pito solo. Ayer escuché cuatro veces

seguidas la discografía completa de Pantera. ¡Qué hijos de puta son esos tipos! Si

pudiera pedir que una banda volviera elegiría a Pantera. No como los maricones de

Nirvana, depresivos de mierda.
Si escribes mal, por lo menos preocúpate de tener una muerte trágica. Quizás esa sea la

única forma de que tu editor logre algo.
Siempre habrá un calcetín al lado de mi computador con el que pueda limpiar la pantalla,

siempre llena de polvo y pelusas.

Siempre habrá sonidos fuera. De autos, de micros, de camiones quizás, que logren que mientras

cierro los ojos me imagine una playa desierta, siempre de noche, en donde las olas golpean la

arena de forma violenta.

Siempre habrá una luz que entra por la rendija de mi puerta, la que acompaña una parte ínfima

de mi pieza y la alumbra como saludando.

Siempre habrá gente fuera. Aunque no siempre lo quiera. Porque en realidad uno generalmente

no quiere mucho a la gente de afuera.
Veo un vídeo en youtube en donde hay una mujer idéntica a mi madre, pero con 20

años menos.